Frente y Retaguardia

ANTECEDENTES: LA VII Y VIII EN LA 2ª LEGION

EN EL FRENTE Y EN LA RETAGUARDIA

Las Especialidades: del granadero al camillero

Y del estilo y la forma de vivir del legionario pasamos al modo de combatir en el frente y de divertirse en la retaguardia. Al igual que ocurre ahora, entonces también existían especialistas en diferentes materias operativas. Por supuesto que el fusilero constituía el pilar básico a la hora de atacar o defender una posición, pero también nos aparecen dos combatientes fundamentales en aquella guerra de trincheras, el granadero y el ametrallador. En cuanto a los apoyos logísticos, destacaban las figuras del acemilero, constantemente tiroteado, y de los camilleros corriendo de dos en dos, semiagachados recibiendo tiros sin poder responder al fuego, como sus compañeros los fusileros, por tener las manos ocupadas en transportar heridos y muertos. Mejor suerte tenía el ranchero, refugiado un poco más a retaguardia pero con la preocupación de que las otras armas enemigas, la lluvia y el viento, le permitiesen cocinar la comida que necesitaban sus aguerridos compañeros que luchaban en la primera línea del frente. El Coronel Mateo en su libro la Legión que vive, nos descubre así a diferentes modelos de legionarios especializados en formas muy distintas de participar en los combates:

“El fusilero gana las batallas, decide la victoria, defiende los dominios, ocupa los terrenos. Él compendia en su alma los firmes y serenos valores que señalan la ruta de la gloria. La ha escrito las páginas más bellas de la historia con su callado empuje, con sus arranques llenos de trágico heroísmo, igual a los helenos que trazaron de Esparta la noble ejecutoria. Vigilando de noche, combatiendo de día, sus momentos transcurren. Y tiene una alegría, que como fuente, nace del sano corazón. En fila tiene un número… Pero apenas es nada. Cuando termina el fuego, cuando el combate acaba, los partes dicen: bajas, tantos de la Legión.

El granadero tiene algo del discóbolo con su gorro cimero. He visto en algún friso su helénica figura presta al salto tigresco. Arco de fibra dura que al distenderse lanza la pelota de acero. Va siempre en vanguardia. Desnudo el pecho fiero. El semblante anguloso, sin línea de blandura. Donde sienta la paleta, se yergue la estatura amenazante y trágica del bravo granadero. Le entusiasma el mortífero fragor de sus granadas. Sonríe ante el silbido de las balas pasadas y el bramar artillero que tiene un ronco son y en un momento el humo le envuelve con su manto. En los que le contemplan hay un temblor de espanto y… surge de aquel caos un ¡viva la Legión.

El ametrallador, cabalgando el sillín, en el hierro una mano, la diestra en el gatillo e inclinada la testa, hace cantar a su arma la canción de una fiesta guerrera, con un tono viril y sobrehumano. Sus ojos penetrantes vigilan monte y llano y allí donde algo vivo bulle sobre la cresta lanza el cruel abanico de plomo con que infesta la línea roja del horizonte lejano. La máquina palpita como una arteria henchida, ruge, canta y solloza, suspira y tiene vida. El legionario, alegre, la sigue en su canción. No le importe el zumbido de abeja de las balas que llevan el dolor y la muerte en sus alas … hasta que una, golosa, liba en su corazón.

¡ El acemilero!, humilde acemilero legionario, nuestro sostén y acomodo. Comida, agua y lecho, tú los traes!. ¡Eres el que más necesitamos y con quien menos hablamos!. Discúlpanos, tu sino es sufrir. ¡Eres el perfecto legionario!. La labor de estos legionarios fue abnegada y heroica, ya que el aprovisionamiento de agua y municiones a las posiciones era tarea mortal, y fue corriente el que un litro de agua en primera línea lo fuese al precio de varios litros de sangre legionaria. Su labor fue doblemente gloriosa, pues tenía que luchar contra los moros y contra los resabiados y traicioneros mulos. ¡Permítame Dios que te mueras y nazcas acemilero! Esa es la maldición del acemilero al mulo, desagradecido, arisco y de malas intenciones. El heroísmo del acemilero era oscuro, al morir sin que nadie se enterase. Los poetas jamás cantaron sus hazañas, sólo la de los legionarios que murieron en el combate.

Por su parte, la lucha del ranchero es la leña verde y húmeda. El vendaval fustiga y hay que encender la lumbre para hacer el yantar. Los ojos doloridos tienen un lagrimear picante y doloroso que amarga y que castiga. Hay que aviar el rancho, para que no se diga que el ranchero no supo su servicio prestar. Si hay sueño, no se duerme. Pecado es descansar mientras los otros marchan, rendidos de fatiga. Humo, grasa, calor de fuego del infierno, agobiador trabajo: es el programa eterno que preside la vida del ranchero en campaña. Pero sobre esta vida dura de privaciones, nacen del firme espíritu las risas y canciones y se brinda con tinto, ya que no con champaña.

Respecto a los camilleros, el fundador, en una grafía picuda, valiosa y decisiva, relata sobre ellos: Son los mejores de la Legión. Representan el espíritu de compañerismo y de abnegación. En el combate lo más penoso es la quietud; después de aguantar sin responder. Lo más difícil es avanzar, y si se hace fuego o daño, de cualquier manera que sea, el camillero sin embargo aguanta el peligro sin contestar a la agresión, sin distraerse y sin dar salida a la tensión nerviosa, que disparando el fusil es calmada como un sedante. En cambio, tiene que avanzar en los momentos de mayor peligro, cuando caen los hombres. ¡ Es la verdadera característica del peligro absoluto!… Los demás son riesgos relativos, mayores o menores, en donde entra por mucho la imaginación del protagonista o relator.

El camillero ha de dejar su resguardo, adelantándose a la zona de muerte sin poder esquivar su blanco al enemigo que le apunta. Tiene que ir precisamente donde está el caído. Además, no puede ocultarse como guerrillero aislado, que se echa en el suelo, que se arrodilla y se cubre o disimula con el terreno, con las peñas o la vegetación, reduciendo su silueta o amparando su cuerpo. El camillero no es uno solo, son los dos camilleros unidos por la camilla y retenidos a una marcha pausada, lenta, desesperante en aquellos momentos por el peso de la preciosa carga. Tienen que marchar erguidos y por caminos despejados. Todos los peligros se ciernen sobre ellos. ¡Así caen tantos en la Legión!, ¡así han muerto tantos!. Los hechos suyos, las hazañas de los camilleros son bastantes para ellas solas merecer un libro. Avanzar y caer los dos camilleros, salir otra camilla y caer también, así todos los de la Compañía.

En la Legión hacen juramento especial de sacrificio. Son mirados con predilecto cariño. No prestan servicios de guarnición, ni de parapeto; no hacen la limpieza del cuartel. ¡ Mucho más merecían! Los podéis conocer: llevan un brazalete con la insignia de la Cruz Roja”.

Las Madrinas de Guerra: cartas de amor

Cuando tras unos días o meses de lucha en el frente se regresaba a los campamentos base, a los legionarios les esperaban las cartas de las esposas o de las madrinas de guerra. Hay que tener en cuenta que entonces no existían ni televisores ni siquiera transistores para escuchar las noticias o ver una película. La carta era la moda del momento y para los que no sabían leer ni escribir siempre les quedaba el recurso de recurrir a la ayuda del compañero letrado.

Las madrinas de guerra, adquirieron desde los tiempos fundacionales un auge extraordinario. Raro era el legionario que no tuviera una corresponsal, y algunos, tres, cuatro o más. Para aquellos hombres no comunes, que vivían perpetuamente en el campo, entre privaciones y riesgos, sin relación personal alguna con el mundo, que llevaban sobre sí el bagaje de tantas tragedias o comedias del pasado, era un inquieto placer esperar el toque de correo. Y cuando sonaban las cornetas anunciándolo, acudían en enjambre a recoger las misivas. Después, ¡cuántas horas de asueto dedicadas a escribir!, ¡cuántas dulces mentiras cuajadas de ilusión!, ¡cuántas ternezas según la relación epistolar iban adquiriendo calor, entusiasmo, para un amor imposible!. Sobre ellas, la firme mano de Millán Astray escribió, con su letra grande:

“Un desbordamiento de piedad las impulsa, acompañado de cálido patriotismo; el amor las alumbra y guía, y es también la braveza, que las pide compartir las penas y peligros de la guerra. Unos puntitos de romanticismo aroman el ambiente en que respiran, y el encanto de lo desconocido, todos los legionarios están a vuestros pies y todos esperan vuestras cartas!. En La Legión, las madrinas de guerra ocupan el lugar preferente. Los legionarios son dados a las escrituras; abundan los sentimentales y los poetas; las horas de campamento, al caer la tarde, cuando cesan los trabajos, son largas; el blocao o la posición avanzada invitan a escribir y a pensar en las madrinas.

Nuestros hombres se agencian madrinazgos con facilidad; también le favorece el que son distinguidos por la gentil congregación madrinista. Muchas se dirigen al Jefe o a los Oficiales pidiéndoles ahijados, y con encanto se las sirve, procurando que coincida con sus predilecciones. Algunas envían de antemano su retrato, y es lo cierto que todas son bellas.

Los Oficiales son aficionadísimos; algunos, avaros de madrinas, tienen varias y llevan la correspondencia como si fuesen un sacerdocio. No faltan entre ellos, y lo mismo en los legionarios, quienes cuentan aventuras, heroísmos, sucesos fantásticos con que interesar a las madrinas, y también les envían fotografías propias o ajenas, si el que suplanta tiene mejor tipo. Otros hacen carreras fabulosas y cada dos meses notifican a la madrina un nuevo ascenso. ¡ Es que hay el que se ofreció como soldado y era Oficial y puede permitirse el lujo de ir ascendiendo hasta llegar a la estrella que, galante, pone a los pies de la que, ya pasada esa época, es la dueña de sus pensamientos. Algunos formalizan la correspondencia y se convierten en serios amoríos que terminan en feliz boda.

En fin, madrinitas de guerra, seguid acudiendo a la llamada de los sedientos de un cariño. Creedles poco cuando relaten emocionantes hazañas de las que son protagonistas. Enviadles de vez en cuando algún regalito y desconfiad de las fotografías, sin perder la esperanza de que el ahijado aumente el parentesco, si es que así lo deseáis”.

El ocio en retaguardia: las cantineras

Pero en los campamentos de la retaguardia no sólo les esperaban a los legionarios las cartas de las esposas o de las madrinas de guerra. Se comprende que aquellos jóvenes que día a día arriesgaban su vida y veían de cerca la muerte se alegrasen de contemplar, hablar, o incluso mantener relaciones íntimas con mujeres. Benditas mujeres aquellas con las que soñaban nuestros legionarios cuando estaban en las trincheras pensando que les ayudarían en el frente si caían heridos, o luego en el campamento les servirían un vasito de vino peleón y ofrecerían un poco de su amor. En ocasiones se superponían dos de estos calificativos o incluso los tres, resultando difícil diferenciar hasta dónde se ejercía sólo como cantinera, legionaria o barragana. En cualquier caso, lo que a continuación menciono no tiene ningún sentido peyorativo, todo lo contrario, se trata de un reconocimiento a un apoyo moral muy merecido que ellas ejercieron para aquellos legionarios de la VII y VIII en tiempos de guerra. Veamos en primer lugar cómo nos describen a las cantineras:

“No obstante, haberse popularizado en los sainetes este tipo de mujer, en verdad no debieron adjudicarle el denominador de cantineras, ya que de todo tenían menos de ello. Este nombre solo cabía darle a quienes establecían en un local la venta de bebidas. Al fundarse la Legión y constituirse el campamento general en Dar-Riffien, afluyeron a él infinidad de aventureros de uno y otro sexo que veían en la prodigalidad de aquellos hombres un nuevo Eldorado que era preciso explotar. Así nacieron los cantineros y cantineras, hombres y mujeres incapaces de soportar ninguna disciplina ni rudo trabajo, que escogían aquel comercio con la esperanza bien fundada de pingües beneficios. Eran como el caracol. Llevaban su establecimiento a cuestas, transportándolo a lomos de una caballería. Tan pronto las fuerzas acampaban, como por arte de magia aparecían en las proximidades del vivac con su tenderete de lonas y su mostrador, constituido éste por los propios cajones en que transportaba la mercancía. Entre tales mercaderes no podían faltar los indígenas, que, con sus teteras y demás adminículos, montaban también sus chabolas para expender el rico tai a perra gorda el vaso.

Con tres paquetes de velas, unas cajas de cigarros bastos, unas latas de conservas mal conservadas y unos cuantos kilos de vino en polvo, se pasaba de simple cantinero a potentado. El cantinero era algo más simpático y distinto que el negociante, al que no había quien separase de las poblaciones. Aquél empezaba su trabajo acompañando a las tropas, con el riesgo consiguiente de que una bala cerrase su comercio a media puerta. Si la venta era prospera, alquilaba un caballejo y con él recorría las posiciones, internándose algunas veces en las propias líneas enemigas. Era frecuente en Marruecos encontrar hombres de éstos tendidos en un charco de sangre en mitad de un camino, al que los moros habían quitado, además de la vida, sus provisiones y cabalgadura. Del alquiler del caballo se ascendía a la posesión de una pequeña tienda en el campamento, hecha con cajones de cerveza y chapas arrancadas de latas de petróleo. De cantinero de posición no era difícil llegar a provisionista del Ejército, con magnifica tienda abierta en un campamento general.

De entre todo el elemento que seguía a las Banderas legionarias, merecen especial atención las mujeres que de ignoradas procedencias se incorporaban voluntariamente a las filas legionarias. Para poder justificar su presencia se amancebaban con un legionario, hecho éste que les permitía seguir a su hombre. Lo original del caso era que no se erigían sólo en servidoras de sus respectivos amantes, sino que ampliaban sus atenciones y cuidados a todos los legionarios, a modo de cantineras o enfermeras. En los combates se las veía deambular entre las guerrillas y atender solícitas a los heridos, suministrándoles la copa de coñac, el vaso de vino o el cigarrillo, ayudando eficazmente a sanitarios y camilleros”.

Legionarias y barraganas: amor de pago

Se ha hablado de las cantineras en elogio de los heroicos e inapreciables servicios que con su desinterés y desprecio al peligro prestaban a los legionarios que luchaban sobre este candente suelo africano bajo un sol más inclemente que el enemigo; pero había otras mujeres ¡pobrecitas! de las cuales nadie se ha interesado en ponderar, por una mal entendida hipocresía, los merecimientos de su cometido, que, aunque no llegaban a alcanzar precisamente proporciones heroicas, desempeñaban, sin embargo, oficio tal, que si era muy necesario en toda república bien organizada, aún lo era más, muchísimo más, en un campamento donde solía ocurrir que, por las necesidades de la guerra, cientos o miles de hombres vivían, durante muchos meses seguidos, como lobos, aislados del mundo y sin otra sociedad que la del trato entre ellos mismos. El fundador, hombre de mundo, inteligencia comprensiva y abierta a todos los requerimientos de necesidades del legionario, toleraba la convivencia con sus tropas de algunas mujeres que por su espíritu de sacrificio y algún dinero se encargaban de sostener en sus verdaderos cauces los instintos del hombre al servicio del interés de la especie, de la Patria y de la moral.

Las legionarias, así las describe un legionario en la Legión que vive, vivían en los campamentos de la Legión, en pequeñas tiendas de sacos o lonas de deshecho, denominadas chavolas. Unas lavaban ropas por módico estipendio. Otras cosían y arreglaban los trajes de almacén, dejándolos casi a la medida de sus propietarios. Otras montaban pequeños establecimientos de bebidas, muy concurridos siempre, porque los legionarios gustaban de ser servidos por manos femeninas, y otras dejaban florecer en el dintel de sus chavolas el semi-marchito crisantemo del amor mercenario. Algunas vinieron siguiendo a sus maridos, quien sabe a través de qué odisea dolorosa y trágica, las demás se unieron a sus hombres, si no canónicamente, por lo menos sacrificadas por una religión de sufrimiento y de heroísmo. Comían el pan de la Legión y bebían su vino. Seguían sus vicisitudes, alegrándose con sus glorias y sufriendo con sus dolores. Ellas conocían a los Jefes, a todos los héroes, a todos los mártires, y hablando de ellos sus ojos se iluminaban y sus labios temblaban de emoción y respeto.

Comentaban los grandes combates, las ingentes hazañas, los hechos gloriosos con singular delectación, agrandándolos con su voladora fantasía. Ellas eran las que visitaban a los enfermos y los heridos llevándoles con el consuelo de unas palabras cariñosas, la caricia que en el infierno de la fiebre era como claro arroyuelo murmurador. Y ellas, en fin, eran las que en los días malos, en los días que el enemigo fue más certero y cayeron muchos legionarios, les acompañaban, les lavaban y vestían, rezaban por ellos y encontraban siempre unas flores silvestres con que hacer una alfombra perfumada sobre la tierra que cubría a los caídos…

Vedlas en las marchas, unas a pie, otras encaramadas en los borricos portadores de su humilde ajuar, siguiendo a la Bandera. Vedlas en los días de combate subir a las alturas del campamento-base, donde se divisa el campo de acción. Vedlas, más tarde, esperar los convoyes de bajas, charlar con los heridos agobiándoles a preguntas, levantar temerosas y vacilantes la tela que cubre los rostros de los muertos, en una duda de tremenda emotividad. Y vedlas también, en los días de fiesta legionaria, con los ojos brillantes de esa alegría ficticia que dan unas porciones de alcohol, como se reúnen en abigarrado conjunto, del que brota, como una flecha que fuera a clavarse en el cielo, el gemido de una copla andaluza.

Estáis redimidas y nadie ha de pagaros lo mucho que hacéis llevando hasta los corazones legionarios algo de la suave emoción del cariño de la hermana, de la esposa, de la madre. Las legionarias, si no llegaron a obtener el título de beneméritas de la Patria, alcanzaron la consideración oficial figurando en las nóminas de los Tercios. Cuando fui al campamento del Zoco El Arbáa ¡parece que fue ayer! me vi enormemente sorprendido al hallar unas alegres y comedidas muchachas, a las cuales, más que por otra cosa, se las tomaría por obreritas en menesteres de enfermeras o de costura. Tal es la vida que hacen en el campamento, vida que se desliza tranquila y aplicable en el pleno y absoluto y sedante contacto con la naturaleza, que no inspira otros deseos que los deseos puros e infinitos de felicidad, de ternuras honestas.

Así estas mujeres, que entre los legionarios son cada una de ellas como una rosa clavada en las arenas de una playa, hacen en nuestros campamentos, más que otro oficio, el de costurera, el de enfermería; son nuestras confidentes; sus pechos rebosan de ternura o de pena; nos prestan dinerito, que pagamos siempre religiosamente; nos aconsejan mientras nos cosen un botón, y les consuelan cuando alguno tiene tristeza. Únicamente durante los primeros días, que suceden al de la llegada de una nueva, tienen lugar los regocijantes récords de fabulosas cantidades ganadas en pocas horas. Entonces es cuando en las inmediaciones de la tienda de campaña que ellas ocupan se ve, a través de las discretas y misteriosas sombras de la noche, el largo desfile de hombres que aguardan su turno para prosternarse ante el altar de la diosa hija de Júpiter”.

Legionarias famosas de los primeros años de la Legión lo fueron Rosario, Juana la cuerpo bueno, Rita la dama Juana, Lola la chata, Huelvana, Remedios, Rubia, Artillera, Vicenta, Mercedes, Gitanilla, Roselta… Entre los primeros alistados se presentó un aspirante acompañado de su mujer y de seis hijos. El Teniente Coronel Millán Astray, enterado de ello y en la situación que quedarían estos, pidió a la esposa que disuadiera a su marido en sus deseos de alistarse en el Tercio de Extranjeros. Y ella respondió: “no diré yo a mi marido se quede o se marche, a él corresponde decirlo. Hasta donde pueda y me deje, le acompañaré. A donde no pueda ir lo seguiré con la vista, y después con el pensamiento”.

Iban a las marchas tocadas con el chambergo, siguiendo a las Banderas. Subían al campo de la acción…, llegando y estando entre sus legionarios dedicadas por entero a su misión, con heroica abnegación y con riesgo de su propia existencia. Conseguían el alivio y consuelo de los heridos, disputando a la muerte algunas vidas. Querían de veras al Tercio de Extranjeros, y se desvivían por atender a los legionarios lo mismo en el campamento que en el combate, enardeciéndoles con su sereno ejemplo de valor y virtudes.

Otra cosa distinta fueron las barraganas. Llegaron a ser cosa tan necesarias en los antiguos Ejércitos, que más de una vez se pensó en incluirlas en la plantilla de aquellos Tercios españoles de Flandes que no querían prescindir del amor en la guerra, para evitar otros males mayores. Pero la barragana en el Tercio de Extranjeros fue simplemente la mujer pública que servía a uno o varios legionarios sus raciones de amor, y que dejaba su choza del campamento para seguir a las tropas en todos los trances de la guerra. Existían claro está, diversas clases y jerarquías. Las había que tenían choza propia, con una tiendecita, y vendían al mismo tiempo amor y tabaco.

Sus amigos legionarios por la cuenta que les traía les levantaban sus refugios. Pero el tipo más generalizado era la clásica pupila de la mal llamada cantina, que venía a ser, con más o menos motivo, una casa de lenocinio. Algunas, habían nacido al oficio al mismo tiempo que la Legión. De lo único que presumían era de lo que no habían tenido nunca, de marido, o de hallarse casadas por detrás de la Iglesia.

Pero lo más admirable de toda esta fauna amorosa era su noble y generoso desprendimiento y su conducta abnegada en la guerra, al igual que las cantineras del vino peleón, o las legionarias adjuntas a su hombre. Era digno el verlas seguir el paso azaroso y violento de las columnas en los cambios definitivos de campamento, con el pintoresco ajuar sobre sus espaldas, o tiradas en los carros de la impedimenta, entre bártulos y equipajes de las Banderas. Ellas practicaban la caridad a su modo, pues en cada hombre que caía en sus brazos iban dejando algo de su corazón.

Los festejos del 20 de septiembre

Desconozco como se celebraba el día del aniversario de la fundación de la Legión durante los primeros años, en plena guerra de Marruecos. Cierto es que en la cuna, Dar Riffien, permanecía una guarnición administrativa y de instrucción de reclutas, junto con alguna Bandera que rotativamente estaba de descanso, que posiblemente de algún modo conmemorarían el 20 de septiembre. Los disfraces y charangas que han permanecido hasta nuestros días probablemente tengan sus orígenes en los carnavales y celebración de la Patrona de Infantería. En cualquier caso ésta era también una buena forma de divertirse en la retaguardia para aquellos que el 20 de septiembre no se encontraban combatiendo.

Así, por ejemplo, 17 de febrero de 1922, en la Orden de La Legión, dada en el campamento de Dar Drius durante la permanencia en el mismo del Teniente Coronel Millán Astray, se publicaba la siguiente prevención: “Dispuesto por Su Excelencia que el próximo día 26, primer día de carnaval, se celebren festejos en los campamentos y que a ellos asistan los Cuerpos que lo deseen, presentando los números de festejos que prefieran para poder optar a tres premios en metálico que se concederán. Espero de la alegría, buen gusto y espíritu de la Legión que las Banderas se esforzarán, empleando a los legionarios de buen humor, a dar la mayor brillantez al acto, y yo, por mi parte, veré con satisfacción que la Legión lo tome con el mayor interés y también ofrezco premios, significando que veré con gusto no sean murgas gaditanas, por ser un tema demasiado acabado e impropio de la originalidad de la Legión. En cambio, los disfraces y comparsas me satisfacen mucho. Encarezco a los señores Capitanes el que animen a sus legionarios para este acto”.

Por su parte, me consta que en 1923 se conmemoró en Riffien el aniversario y que después del acto puramente militar del 20 de septiembre de 1923, dió comienzo un pintoresco desfile de carrozas de ingenio típicamente legionario; en él, en momentos de descanso, las distintas unidades compitieron en arte, gracia e ingenio para, sobre motivos alusivos, manifestar la habilidad y el buen humor de sus hombres. Junto con las carrozas pasaron ante el público jinetes y hombres a pie con curiosos atuendos y portando carteles con frases y leyendas que despertaban tan pronto el interés como la hilaridad de los asistentes. Se vieron carrozas con los lemas el agua de Dar Drius, la murga, el dios Baco, la cuna de la Legión, arrastrando cañones, me estoy matando y el Credo Legionario, y entre ellos, jinetes disfrazados de piel roja, hombres negros, a pie una falsa mora, un esquimal y otros pintorescos disfraces. El paso de toda la abigarrada caravana fue acogido por el público unas veces con interés, otras con regocijo y siempre con el aplauso de aprobación. Si todo esto ocurría en 1.923, cabe suponer que en el 25 y 26, cuando se crearon la VII y VIII Banderas este tipo de festejos ya constituían una tradición, tradición que iría en aumento a partir de 1.927, una vez finalizada la guerra y que ha perdurado hasta nuestros días en forma de casetas, charangas y festivales.

 

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